El Cuaderno de Viaje. (IV)

Especialmente en el siglo XIX, la civilización europea asumió que era la encarnación del destino humano, visión que se extendería desde los países industriales y capitalistas hasta las periferias salvajes. El proceso de conocimiento científico iba inexorablemente unido a la perspectiva de explotación de los recursos naturales, de civilización y de evangelización de los pueblos atrasados. La idea del progreso pasaba por dominar la fuerza primitiva de la naturaleza y explotarla, por convertir la selva en minas y plantaciones, y el colonialismo queda estrechamente vinculado a una visión racista, en la cual se afirma la superioridad de los blancos sobre los negros o indios, o sobre las nuevas razas surgidas de su mezcla.

Los artistas y escritores viajeros delimitaron el mundo civilizado del salvaje, y actuaron como intermediarios entre los exóticos nuevos mundos y los civilizados lectores europeos. Asumieron el papel de portavoces imperiales, de agentes de la vanguardia capitalista y del proceso de colonización, moviéndose en la ambigüedad de presentar al nativo rechazando los valores del progreso, del trabajo o el esfuerzo, y a su bondad natural que el mismo progreso destruirá o corromperá. En una mirada global a los textos del siglo XIX, los estereotipos que contraponen civilización y salvajismo y las ilustraciones que acompañan a los libros de viajes, revelan un machismo que se manifiesta en el tratamiento sensual de las mujeres, que a medida que se popularizan estos relatos, están cada vez más desnudas.

En esta época, en que lo exótico, lo fantástico y lo insólito contribuyen a la aparición de un nuevo imaginario colectivo, se produce un extraordinario aumento de guías y memorias de viajes, pintorescas y descriptivas, todas ilustradas con láminas, grabados, litografías, etc. Muchos viajeros se hicieron acompañar por dibujantes que realzaban los textos con su discurso gráfico, pues muchas de las publicaciones interesaban más por las imágenes que por lo escrito. Un tándem emblemático en el que el ilustrador prima sobre el escritor fue el compuesto por Gustavo Doré y el barón Charles Davillier.

Los viajeros tomaron parte en la aventura que llevó al arte moderno. En el Romanticismo, la pintura sufrió una profunda y compleja transformación, de las que aquí cabe destacar, como nuevas preocupaciones, la exaltación del boceto, el ensimismamiento del artista en la pintura como pura expresión de su espíritu y sobre todo, el ámbito donde parece depositarse el gran drama romántico de la relación del hombre con la Naturaleza: la pintura de paisaje, con la que expresan el elogio de una naturaleza en la que el hombre se encuentra frente a la obra original de Dios y reconoce en ella la mano divina.

Los románticos interpretaban al ser esencialmente como un viajero: un ser indagador que va a un lugar ideal que no existe, ni existió, ni existirá, en un viaje interminable y con un destino innegociable. Viajar se convierte en la propia condición de la conciencia moderna, de una visión del mundo, en la interpretación de la añoranza y la consternación. Desde el Romanticismo la imagen del camino abierto ha sido básica para la imaginación moderna.

 

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One Response to El Cuaderno de Viaje. (IV)

  1. Exmaestro Zen says:

    No sé si podré aguantar hasta que aparezca el capítulo V. ¡Adelante, por fa! ¡Ánimo!